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ISSN 1989-4163

NUMERO 112 - ABRIL 2020

 

De Héroes Sustanciosos y Bronce Monumental

Edgard Cardoza

Bajen de sus estampitas coloreadas,
de sus biografías regordetas,
bajen con sus camisones de luces de neón
a gritarnos el gangoso favor de la conciencia
chata en humores,
ridícula de tanto apuntalar
techos mustios cayéndose de falsos.
Bajen hasta mí
bronqueros de mucha monta,
señores de almidón,
que yo les sé sus íngrimas costuras,
sus lágrimas parejas,
su peluda región incontinente,
su garrafa de babas impolutas.

 

Yo no soy héroe
porque siento a la vida
gritarme sustanciosa,
y tengo ira acumulada
por esos seres turbios que son:
ustedes los magníficos,
los sapientísimos,
los eyaculadores en páginas-vaginas de oro,
los bárbaros ustedes
a quienes Dios pide fiada
la brillantina azul
para acicalación pertinente de sus rizos.

 

El cielo
donde ustedes madrugan la entrepierna
brota de invernaderos egorreicos,
que por lo mamotreto,
lo cosquilla en el trozo espinal bajo,
es sólo purulencia estacionaria
o lingote de mierda
esperando convertirse
en moneda de concurso vertiente,
para premiar con múltiples diademas,
peinetas,
bolsas de mandado,
agujas tejedoras,
el manifiesto virgen:
imponente en su impotencia.
   

De tanto traficar palomas blancas,
laureles, fortaleza,
amores contenidos,
han reventado el saco de la piel
y andan buscando ahora
con remiendos y puntadas flamígeras
la vecindad negada por el cuerpo,
que aspira nalgas de ángel,
suspira genitales incorruptos,
pero al final respira alones enconados.
   

Cuando asomas, héroe,
tu mirada proverbial
sobre trincheras de anónimos nosotros,
eriges sombras y espejos fratricidas,
pulimentas galones de batallas postmortem
en la anemia del conejo emergente del bombín encantado
sobre páginas vacías de magia y de milagros.
Has sido siempre mago de guante solitario,
caja de demasiados fondos,
en resumen:
saqueador de alacenas de sueños compulsivos.

 

Ocioso Brigadier
es el ensueño de héroes necesarios
para documentar nuestra dudosa herencia inmortal
e inventar en nosotros atributos de Dios.
Son ustedes
adversa población,
ebrios históricos
que aparecen de pronto por veredas de sangre
en caballos plomo-tinta-relincho-blanquecino
a imponer obligaciones que no hemos de cumplir.

 

Elucubran,
magnánimos,
ademes de papeles de luchas somnolientas.
Sin que medie permiso
cargan para nosotros pesadísimos sótanos,
soliloquios de orate,
miradas putrefactas,
coronas orinadas de gloria
que nadie ha pedido recordar.
Y nuestra vida hormiga sólo quiere
que la dejen respirar su nada
en sabrosa multitud.
La multitud nunca ha pedido ser comprimida,
porque sola y sin voz sabe
que vale muchos héroes.

 

Su olvido rencoroso no deja emerger lo cotidiano,
lo fluyente natural,
los paños simples.
¡Yo reniego de ustedes,
dechados de calor sobrehumano
de vidas de oro y muertes de bisutería!

 

 Los héroes, los héroes redivivos
únicamente sirven
para proteger las plazas de cagadas de pájaros
y escupitajos de señores celestes.

 

Los héroes de todos los días,
(de quien soy uno de tantos emisarios,
pues yo mismo pertenezco a ese clan desenfadado),
aconsejan reír a cualquier riesgo de llanto
y ser felices
con lo poco que el río deja en la resaca.
Nos dicen que la vida provee su sustento
en un buffet eterno
donde siempre se encuentra la vianda merecida,
o sea muévete / muérete lo mínimo
para no descarrilar el tren cíclico,
deja pasar el viento y los milagros
para que la oportunidad vaya acercándose,
deja vivir para alejar la muerte suprema
del alma
en retroceso galopante al vacío.

 

Todo fluye sin libreto.
La existencia tiene un color perfecto
exceptuada de la formalidad,
libre de culpas y líquenes sociales.

 

Señor héroe de calendarios:
en mi boca los parias te saludan
desde el diván mullido de las fechas absueltas.

 

Observa pues,
amada muchedumbre,
a tu adalid hidrópico en su bronce:
no es orgullo, no,
sino vergüenza tu impoluto caudillo
mostrando congelados
el trasero
y el gran brazo peleador
en una plaza.

 

La muerte ocurre allí en los monumentos
y todo el que se mire en tal espejo
ya es paredón,
ya es polvo,
ya es cemento.
   

Calle callada,
múdame de mi alado favorito
para pasar el trago
entre plumas inodoras,
incoloras,
insípidas.

 

Múdame de modo
que no se sienta el año de los pasos,
con un paspás que sea menos que ps ps
y borre todo color de las cúspides canoras.

   
Bienaventurados los suspicaces,
porque de ellos es el reino de los suelos.

 

 

 


 

 

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